Buried Child
La obra ganadora del premio Pulitzer de Sam Shepard, Buried Child, regresa 20 años después de su última gran producción de Nueva York. Dodge (Ed Harris) y Halie (Amy Madigan) apenas pueden sostener sus tierras de cultivo y su cordura mientras cuidan a sus dos hijos crecidos (Sommer y Sparks).
El actor de Hollywood interpreta a Dodge, un patriarca septuagenario de Illinois que está anclado en su sillón, medio sumergido en un saco de dormir, medio pegado al televisor. En la escena de apertura, cuando la lluvia cae, nos quedamos mirando las facciones oscuras y demacradas de Harris, mientras escucha, con ojos soñolientos y desdeñoso desprecio, la charla autocomplaciente de su esposa, Halie, desde el cuarto de arriba.
En esta obra, Shepard estaba sosteniendo un espejo del desmoronado sentido de sí mismo, de su país, fiel a los años setenta. Dodge es una fuerza agotada que ejerce los últimos vestigios de poder, se consuela en el licor y con la posibilidad de una muerte inminente. Harris es convincente en su espectral resignación.
Las cosas se vuelven más peculiares cuando conocemos a los dos hijos de Dodge: Tilden, quien aparece deambulando llevando maíz en sus brazos, y Bradley, quien tiene una sola pierna y una capacidad para comportarse violenta y erráticamente. Con la llegada del afable nieto de Dodge, Vince, junto a su novia Shelly, la extrañeza del clan aparece totalmente manifiesta (ellos no reconocen al chico). Mientras Vince intenta darle sentido al caos, el resto de la familia baila alrededor de un secreto profundo y oscuro. Es en ese momento que un esqueleto del pasado es traído nuevamente a la superficie, explicando el porqué del título de la obra y revelando el horror gótico que se esconde en el corazón de la familia.
Esta interpretación tremendamente poética y cortantemente divertida del drama familiar estadounidense alegremente deshace las raídas visiones engañosas de nuestras familias y nuestros hogares.
Información
Título original
Buried Child
Género
Teatro